Vard

Buceando en los pensamientos de mi alter ego

por 02 de agosto de 2016, 408 visitas
El poder mágico de la literatura.
“Creo en la verdad de tu ficción”. Esas fueron las palabras que pronunció una persona a la que muchos en este planeta atribuirían el adjetivo “extraño”, no por su apariencia sino por su peculiar manera de interpretar el mundo. Era el típico ser al que todo el mundo conoce, pero del que en realidad nadie tiene idea de quién es, no por encubrir su verdadera personalidad sino por el mero hecho de no conocerse a sí mismo. Tiempo atrás afirmaba que el futuro era fruto de la imaginación de la humanidad, que el tiempo corría tan rápido como el agua —hecho del que muchos no quieren darse cuenta— y que el héroe moderno es aquel que sobrevive a las balas de la vida. Comentaba también que por mucho que pasasen los años aquel tópico clásico del homo homini lupus  seguiría siendo vigente, ya que son muchos los que pierden su tiempo destruyéndose en vez de ir en busca del verdadero tesoro, es decir, la sabiduría.  Evidentemente yo era consciente de que él comprendía perfectamente que el saber no tiene límites por las veces que repetía la famosa frase ars longa vita brevis. No obstante, cada vez que me lo encontraba por el camino lo seguía con el objetivo de aprender algo nuevo, aun sabiendo que pasaría días y noches  penando por cada palabra que salía de su boca. Por suerte o por desgracia, él se había convertido en mi padre espiritual, en un libro abierto cuyas páginas eran interminablemente largas pero interesantes, en una fuente diferente de las que disponía yo anteriormente, en una voz subversiva que  se mofaba de mis creencias, o, como diría él, “verdades absolutas”.

En pocas palabras, durante nuestros encuentros fugaces me hacía dudar hasta de mí misma, es decir de lo primero que duda todo aquel que busca la sabiduría. Tal era el impacto de sus discursos que de vez en cuando  se apoderaba de mí una incertidumbre que para el resto de la humanidad se traduciría en una palabra exacta: perdición. En aquel entonces no me daba cuenta de cómo, poco a poco, me convertía en su esclava. Tenía unos ojos claros preciosos, pero lo que realmente me hechizaba eran sus palabras, cuya melodía me hipnotizaba hasta tal punto que me veía incapaz de articular mi propio nombre. Quizás esta fue la razón por la que no paré en tratar de encontrar la manera de estar el máximo tiempo posible con esa extraña criatura. Como no era fácil acercarme a él, pensé en usar mis armas de seducción con tal de atraerlo. Sin embargo, me había olvidado de un detalle: no era la persona a la que podría embrujar ni con una sonrisa inocente ni una mirada de femme fatale. Necesitaba urdir un plan más eficaz para poder atraparlo en mi red. Mis pensamientos me habían convertido en una rara avis a la que el día entero no le bastaba para poder pensar, cuya mente creativa llena de fantasía la había convertido en una criminal trazando el mapa a través del cual llegaría hacía su objetivo. Como la persona a la que quería acercarme era un hombre de letras cuya vida sería imposible imaginar en ausencia de la literatura, cuya única ambición era la de romper con los esquemas tradicionales ocupando un lugar importante en los espacios literarios de sus tiempos, la única idea que se me ocurrió fue la de pensar en ideas que engendraran una historia de la que pudiera hablar con él.

Así pues, no dudé ni un momento en arrancar un papel y ponerme a escribir lo primero que se me pasara por la cabeza. Parecía como si algo o alguien me diese fuerzas para que utilizara las palabras precisas al describir a un personaje que al cruzar la frontera de su país abría nuevos horizontes dejando atrás su pasado y entrando
a formar parte de un mundo desconocido. “¡Excelente! ¡Ya lo tengo!” A ver si acabo pronto esta historia para poder tener la excusa de poder reunirme con él y así, a través de la escritura, sumergirme en sus pensamientos”, reflexionaba mientras escribía. Necesitaba ser alguien en su vida. Sin duda alguna me habría gustado disponer de más tiempo para poder crear una historia original no sólo por su contenido, sino también por su estilo refinado, algo especial que reflejase cómo bulle la sangre en mis venas y cómo cada vez que sostengo el bolígrafo en mis manos veo el rostro de mis personajes en forma de visiones. No obstante, míster X, el amo de mi espíritu, comprendería la falta de tiempo y las ganas devoradoras que tenía de estar cerca de él y de escucharle recitar algunos versos, ya sean suyos o de otros, e incluso míos por qué no.  Así que sólo tenía que añadir cómo mi personaje cada vez que aprende una palabra de la lengua del país en el que está se siente menos extraña y se da cuenta de poder entender mejor a la gente, aunque hoy en día, con tanta incertidumbre, es muy difícil comprenderla. Después de unas horas, habiendo puesto puntos suspensivos al final de mi relato, fui corriendo hacía los brazos de ese hombre, teniendo en cuenta que me callaría con una oratoria que acabaría mareándome. Sin embargo, por más rocambolesco y exorbitante que fuesen sus discursos, en ningún momento me arrepentiría de haberlos escuchado. Cuando le oía recitar un fragmento de algún libro o ideas suyas parecía como si esa voz estuviese en mi interior.

La escritura me llevó hacia él, un mundo diferente al que conocía o creía conocer. A través de ella conseguí encontrarme con ese ser misterioso, quien mediante sus historias alimentaba mi imaginación, quien, a pesar de mi miopía, me hacía ver primaveras donde había sólo inviernos, o nuevos trayectos en tiempos en que solamente había caminos turbios sin destino alguno… Siempre le repetía que a pesar de tanto esfuerzo no veía futuro para mí, y que la única manera de poder seguir adelante era aprender una lengua nueva con la que poder expresarme mejor… Pero él… no paraba de repetir que el que la sigue la consigue. ¿De qué forma? No lo sé… Nunca llegué a entenderlo porque no dominaba bien su lengua… Ahora que lo pienso, ¿no era el mismísimo hombre que después de leer mi relato me dijo que creía en la verdad de mi ficción? ¿Qué habría querido decir con eso? ¿Por qué el hombre que afirmaba que el futuro no existía creía en la realidad de mi ficción? ¿A qué ficción se refería? ¿A qué realidad?

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